Mi abuela me enseñó a jugar a las cartas. Al tute, al cinquillo, a las siete y media. Tendría yo unos seis años. Durante las partidas, me pasaba el tiempo guardándome los ases y los 3 de cada palo, y ella me miraba, buscando cantar "las veinte" o "las cuarenta".
Cuando aprendí a leer, como todos los niños, llegaba yo con mi libro gordo de cuentos, una recopilación de los hermanos Green, aquel de las preciosas ilustraciones, y se los leía, una y otra vez. Mi abuela no sabía escribir, ni leer. Ella era mi mejor oyente. Cuando daban las nueve, se ponía la toquilla y la escuchabas arrastrar tímidamente los pies, embutidos en aquella babuchas de paño negro, por el salón, hasta llegar a la puerta. Y entonces se despedía, con su seseo de esperanza y su hasta mañana. La última vez que hablé con ella ya no era la mujer que yo había conocido. La encontré sentada, en una habitación, en una residencia. Todavía tuvo lucidez para llamarme "la señorita" y sonreír levemente mientras me preguntaba, casi afirmando satisfecha, si ya tenía "los papeles". Así era como llamaba ella al título de "maestra" o lo que quiera que yo fuera.
Hace ya más de dos años, mi abuela abandonó la partida. Jugó su propio tute durante noventa y cuatro años. Y siempre me acuerdo de ella.
Los abuelos son un don. Afortunados los que pueden disfrutar de ellos. Yo, mientras tanto, seguiré recordando a mi abuela.
sábado, 29 de enero de 2011
Abuela...
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Etiquetas: Del amor y otros demonios familia
domingo, 14 de noviembre de 2010
Y llegó Manuel...

Mi familia es una de esas familias donde el mando lo tienen las mujeres. Mi abuela, siendo niña, llegó de Córdoba montada en burro y se quedó en Sevilla, con sus tres hermanas. Ya apuntaba maneras mi genealogía femenina, porque mi madre fue la pequeña de otras cinco niñas nacidas todas en el barrio de Triana.
Bastantes años después mis padres me compraron ropita azul y nací yo. Imagino la cara de mi padre cuando vio a esta criaturita sin pelo, esmirriada y larguirucha, llorando y él diciendo "Ea, otra niña...". Tuve la suerte de ser la pequeña de tres hermanas y una de ellas me hizo tía hace ya casi 18 años. Esta vez vino a mi mundo de matriarcado una preciosa niña, de nombre Triana, que hizo las delicias de sus padres, abuelos y tías. Lo que yo no sabía es que el destino nos reservaba todavía otra fémina más, Nazaret, mi segunda sobrina, aficionada a la danza y a la Hello Kitty.
Hace unos meses otra de mis hermanas me daba una gran noticia y se rompieron los esquemas hasta para mi madre, la versión trianera de Bernarda Alba. Esperaba un niño que nació el pasado día 9 y que lleva el nombre de origen hebreo de mi padre, Manuel. La emoción ha sido tan intensa y la semana tan larga que apenas tengo palabras para el retoño que será el príncipe de mi familia de mujeres. Y no sé si mi sobrino traerá un pan u otra cosa debajo del brazo, lo que sí sé es que cuando lo miro siempre me acuerdo de lo que significa su nombre y Dios , esta vez, junto con el pequeño Manuel, sí que está con nosotros.
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viernes, 29 de enero de 2010
Una madre... Es una madre
Yo he sido muy madrera. Cuando era niña y me tocó ir a parvulario con mis compañeros y compañeras, me pasaba las tres primeras horas de clase llorando a moco tendido porque quería estar con mi madre. Podía pasarme las horas mirándola, acurrucada en su regazo, pidiéndome que me leyera por enésima vez el mismo cuento o botando de alegría cuando daban las dos de la tarde y la veía la primera para recogerme en la puerta del colegio. Luego cambiamos y ya no la echamos tanto de menos, estamos deseando que despegue la mirada de la puerta de nuestro cuarto mientras hablamos por teléfono o por el messenger, que nos deje en paz vivir nuestra propio rollo, que no nos mande a tirar la basura, que se lo diga también un poquito a tu hermana o a tu hermano, que no nos diga por qué estamos tan feas con la minifalda, que el niño que viene a buscarte a la puerta no te conviene, que si estudiaras un poquito más a lo mejor aprobarías... No os cuento todo esto por capricho. Esta tarde escuchaba a una de mis alumnas, casi gritando, puerta con puerta con su madre, que ésta le daba asco y que ojalá pronto se muriera. A mí, además de indignarme, este comentario me ha producido una tristeza infinita, que sería incapaz de transmitiros en este momento...
Mientras revisaba el correo electrónico escuchaba como un personaje televisivo montaba en cólera cuando uno de los colaboradores del programa le nombraba a su madre. Me he acordado inmediatamente de las necias palabras de algunos que insultaron a la mía, hace dos años, cuando sufrí un acoso y derribo particular vía Internet, por parte de gente que ni siquiera merece la pena ser nombrada ni aquí ni en ninguna parte. Y entonces me pregunto cómo se puede hablar tan a la ligera de una madre.
No puedo entender que haya personas que odien a sus propias madres o que hablen mal de las madres de otros, cuando estas les han dedicado la mitad de su vida y casi la otra a entenderlos, cuidarlos y educarlos. Seguramente algunas no lo hayan hecho todo lo bien que quisieron, incluso puede que otras se consideren o sean consideradas malas madres.
Yo, partiendo de mi opinión personal, no creo en las malas madres, sí puedo creer en que son humanas y cometen errores, como todo el mundo. Y la mía, que es una gran madre, se moriría de tristeza si escuchara a alguna de sus hijas profiriendo burradas como las de mi alumna esta tarde. Por eso, hoy es uno de esos días en que tengo que agradecerle a Dios, o quien sea, que me vive mi madre, que tengo la ocasión de escucharle sus quejas y algún que otro reproche cada día, que soy afortunada porque me lo ha dado todo, que Loli, que así se llama mi madre, no hay más que una y que es un regalito poder verla y sentirla desde hace 26 años. Lástima de los que tengan que perderla para darse cuenta de lo que vale un peine. Por eso, también hoy, le pido a la vida que me preste tiempo para poder disfrutarla muchos lustros todavía.
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viernes, enero 29, 2010
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